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LA CHOLA CUENCANA, NUESTRA CHOLA

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TEXTOS: FRANCISCO LOJANO

Hemos caído en la trampa de admirar nuestra chola de Cuenca… sin objetivos que los trascendieran o como una expresión de orgullo local y no como un medio de comprender el marco general de la sociedad1….?, según el planteamiento de Peter Burke.

Es que “comprender el marco  general de la sociedad” azuaya, con el protagonismo de nuestra chola, es buscar el conocimiento de nuestra verdadera historia ecuatoriana austral. Todo esto porque… “No podemos suponer que otros habrán de vernos como nosotros mismos nos vemos”2

Los nativos cañaris de la parte sur de Cuenca, tienen su visión acerca de esta mujer llamada Chola, protagonista de la cotidianidad actual, del pasado cercano, mediano y largo.

Chola, en la vivencia de los comuneros, es la persona que no es runa, la que no forma parte de la llakta, es una mujer diferente a las mujeres originarias. A las cholas, como llaman las “longas”, debían el máximo “respeto”: saludar anteponiendo el adjetivo “ama” a su nombre, porque es la “patrona” o sea la dueña de un poder dominante.

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Pero la chola, también vestía su ajuar de  algodón (chillo) para todos los días,  paño y seda para tiempos, eventos y espacios no comunes. sombrero de paja con cinta azul, vistosas vinchas y velos empleaba en su cabeza. Siempre calzaba zapatillas de cuero, zapatos siete vidas todos los días. La “niña” estaba en el estrato superior de la sociedad colonial, agrícola hacendaria no frecuentaba la zona rural puesto que su hábitat habitual era la urbe. El chazo, la parte masculina de la comunidad que se impone a la llakta, junto a la chola forman parte de la sociedad de identidad blanca.

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¿Quiénes no eran cholas o no son cholas? Las mujeres que no formaban parte de la comunidad chola, eran las “chinas”, nacidas en el seno de las llaktas, con antropónimos originarios, dedicadas al trabajo para satisfacer las necesidades de la chola o de la niña. La “china” (warmi) se desempeñaba, junto a los (kari) varones,  en las labores agrícolas – ganaderas de las haciendas, en las actividades de servicio doméstico diario  y festivo.

Vestían las “sayas” cuyo equivalente es falda, refajo, pollera, enaguas en español. Si este término, saya, tiene su significado en la lengua de Castilla es seguro que hace referencia a la antigua prenda femenina de una de las regiones de España. La saya no es un traje femenino originario.

El cronista Pedro Cieza de León…”que paso por Guapdondelég… catorce o quince años antes de la fundación de Cuenca”3, afirma:
“Sus mujeres por consiguiente se precian de traer  cabellos largos y dar otra vuelta con ellos en la cabeza, de tal manera que son tan conocidas como  sus maridos. Andan vestidos de ropa de lana y algodón, y en los pies traen ojotas – usutas- que son a manera de abarcas”4.  Las chinas cañaris usaban ropa o sea prendas reconocidas como tal por el propio cronista, quizá de ahí surge el nombre de saya para la prenda femenina de la cañari por asociación a la forma de la pollera. Se establece similitud con el sayal religioso porque le llegaba hasta los tobillos, como si se tratara de ese traje religioso franciscano. Enfocamos a la pollera porque le identifica a la chola de nuestra Cuenca.

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Quizá debido a la aplicación de las políticas de extirpación de idolatrías primero y a la situación de indigencia extrema a la que fue sometida la población originaria se despojó de todo el decoro y la ornamentación que originalmente debió haber tenido el traje femenino de la mujer cañari.

Correspondía a la mujer cañari originaria confeccionar su “pollera” con hilo de lana, debía tinturar únicamente de color negro, después le permitieron usar el color lacre  y otros colores. No debía solicitar bordado alguno porque  no tenía dinero alguno para pagar o por evitar que los “amos” le  regañen al extremo por eso. En la parte inferior se realizaba un doblado, los pliegues y la cintura  también eran hechos por ella.

Una pollera de color amarillo no se podía usar, la sociedad dominante le asociaban con la “carishineria” y quizá con algo peor; que estaba “buscando marido”. Poco a poco se fue introduciendo el uso de otros colores, después  de la década de los cincuenta entre las mujeres de la llakta.

Pero entre la población femenina rural se comenzó a evidenciar el estatus económico y social por las prendas que  usaban: enaguas de lienzo, centro de bayetilla o algodón, bolsicón de paño, blusa de seda, rebozo de castilla, paño de “cachimir”, sombrero de paja fina calado, zarcillos grandes de plata. Esto definiría Burke, refiriéndose a Weber,  en lo siguiente: “A largo plazo – sugería -, la propiedad confiere  estatus, aunque a corto plazo “tanto propietarios como no propietarios pueden pertenecer al mismo Stand”5.

¿Podríamos plantearnos que esta vivencia sería como la experiencia de un fenómeno de enajenación? Término entendido según el planteamiento de Erich Fromm  como un… “modo de experiencia en que la persona  se siente a sí  misma como un extraño…. No se siente a sí mismo como centro de su mundo, como creador de sus propios actos, sino que sus actos y las consecuencias de ellos se han convertido en amos suyos, a los cuales obedece y a los cuales  quizá hasta adora”6.

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Desconocemos el proceso histórico del protagonismo y la realidad de la chola, éste creo que debería ser como la introducción de otras reflexiones de nuestras vivencias. Primero se negó la posibilidad de la palabra y el protagonismo a los protagonistas de la historia de los andes.

Quizá debamos tomar enajenación como punto de partida en el tratamiento del proceso histórico de las mujeres cañaris, ahora transformada en  la adjetivación de cultura y tradición.

“Somos una cultura  de consumidores. “Absorbemos” las películas, los reportajes de crímenes, los licores, las diversiones. No hay una participación activa productiva,  una experiencia común unificadora, una realización significativa  de respuestas importantes a la vida”7.

“¿Que esperamos de nuestra generación joven?  ¿Qué otra cosa pueden hacer  sino refugiarse en la bebida, en los sueños de cine, en el delito, en la neurosis y la locura?”8.

“Indudablemente, una aldea relativamente primitiva en que todavía hay verdaderas fiestas, expresiones artísticas comunes compartidas, y en nadie sabe leer, está más adelantada  culturalmente y más sana mentalmente que nuestra cultura  de enseñanza pública, de lectura de periódicos y de escuchar la radio”9

Es la tarea urgente que tenemos que asumir para la interculturalidad  y el sumak kawsay, por supuesto que existen instancias que ya han iniciado con ese deber desde las responsabilidades que ya han asumido desde antes.

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1. Burke Peter, Historia y teoría social, Amorrortu editores, Buenos aires –Madrid, 2007, p. 88.
2. Burke.P, Op.cit, p.92.
3. Cordero Palacios Octavio, El  Azuay histórico, Los cañaris y los inco-cañaris, Ed. Amazonas, Cuenca, 1981. p. 37
4. Pedro Cieza de León en Cordero P. Octavio, El Azuay histórico, Los cañaris y los inco-cañaris,  Ed. Amazonas, Cuenca, 1981, p.39.
5. Burke. P, op. cit, p.95.
6. Fromm Erich, Psicoanálisis de la sociedad contemporánea, Novena reimpresión, México, 1971, p. 109.
7. From, E. Op.cit, p. 291.
8. Ibidem
9. Ibidem

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